Un libro y yo

Por @lewisrossignol

En algún momento empecé a leer. Quiero decir, después de tragarme mil veces cada uno de los libros magníficos de cuando era chica – recuerdo los cuentos de miedo y de amor y uno de una niña sobre una nube voladora – hubo un momento, un primer libro que marcó el momento en que empecé a leer leer. Francamente, no me acuerdo exactamente cuál fue.

Estuve todo el día pensando que ese libro pudo haber sido Conversación en La Catedral de Vargas Llosa. En todo caso, si no el primero, sí marcó un momento iniciático. Si un libro pudiera representar una llave o un umbral  para mí, sería definitivamente este. No hay muchos recuerdos hacia atrás de esa lectura. Quizás una que tuvo un efecto vibratorio semejante pero que ahora me parece solo una fulguración adolescente.

Quiero que mi puerta a la literatura sea de la mano de Vargas Llosa con ese libro de 1969 que me recomendó mi mamá o, para hablar con propiedad, que mi mamá me legó. Está un poco borroneado el recuerdo, pero puede haber habido, incluso, una ceremonia. Mi mamá escritora y gran lectora, tenía una biblioteca enorme. Cuando vivíamos con ella, ese espacio y sus libros, era un poquito una especie de deidad, algo totalmente sagrado. Con muchos libros pasaba eso: no se prestaban así como así, había discusiones acaloradas de plazos y derechos sobre tal o cual ejemplar. Con Conversación en La Catedral siento que fue diferente. Mi mamá debió haber sabido que, al dármelo, me abría la puerta a otro universo y me empujaba a asumir mi lugar en el mundo adulto.

Me acuerdo a la perfección la edición, el tamaño del libro, el modo en que lo llevaba al colegio como un trofeo, orgullosa. Siento todavía la emoción que me daba leerlo. Me escapaba de clase y me iba al comedor del colegio. Me sentaba en la mesa del medio, mirando hacia la puerta por si entraba Eric, y leía y leía, con fruición. Mi propio gran escape construía una cueva alrededor mío en la que podía degustar un mundo misterioso, excitante que sentía lejano y extranjero.

El libro tenía (o así lo recuerdo) dos componentes mágicos que me hacían volar. Por un lado, hacía magia con las palabras, las oraciones desarmadas, los relatos superpuestos, nunca había leído algo así. Nunca había leído. Por el otro, la política. Algo de esa primera lectura me acompañó por décadas durante mis proyectos militantes. No estoy segura de poder decir qué fue exactamente: un señalamiento al compromiso, a la vulnerabilidad ante el peligro, a la fuerza de la mancomunión verdadera. Ni siquiera estoy segura de recordarlo bien; es solo aquello que quedó en mí, que descubro más grande y precioso de lo que me suponía.

Es paradójica la forma en que pasa el tiempo, los símbolos y los apegos. Van cambiando su significado, al igual que las personas y sus ideas. Para mí, Vargas Llosa era un ídolo, aunque ya no lo sea. Se fue decolorando la referencia a sus ideas y la importancia que tuvo este libro en mí quedó un poco empolvada. Me gusta rescatarlo, traer al libro por lo que vale en mi historia y por su fuerza de motor.

Es grandioso cómo la literatura puede funcionar como un espacio tan productor y una compañía tan enorme. Siento, con nostalgia, que fue útil empezar por allí a conocer cierto tipo de personajes e ideas. Hasta hoy no había descubierto este enlace tan fuerte del libro con mi mamá ni con mi historia política. Es asombroso que un libro pueda ubicarse, de repente, como una joya o un tótem que represente tan bien una alianza de vida y de cambio hacia el futuro. Solo hoy me doy cuenta.

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