
Los amigos, las familias, los grupos, son un gran mecanismo de soportes y compensaciones para nosotres, los seres humanos. De alguna manera entre todes, compartimos recursos. Con frecuencia, sin embargo, sin darnos cuenta de esto, quedamos atrapades en nuestro propio sistema de pensamientos y creencias.
Merleau Ponty, filósofo francés de comienzos del siglo XX, en su libro El ojo y el espíritu, dice así: «Es preciso que junto con mi cuerpo se despierten los cuerpos asociados, los «otros», que no son mis congéneres, como dice la zoología, sino que me acechan, a quienes acecho, con quienes yo acecho un solo ser actual, presente, como jamás animal alguno ha acechado a los de su especie, su territorio o si medio.» ¿Qué lugar podemos darle a nuestra asociatividad? Es interesante la idea de que la cooperación no es necesariamente fácilonga o ideal.
Sabemos que los vínculos, de todo tipo requieren trabajo. Como decimos, muchas veces, hace falta autoestudio y empatía, entre otras cosas, para llevar a buen puerto cualquier relación. Esto es, en gran parte, por que en la proximidad se hacen patentes las diferencias. Las diferencias, si no sabemos hacerles un lugar, pueden llevar a desencuentros y peleas. ¿Cómo podemos, entonces, potenciar nuestros recursos al estar juntes?
Ayudaría si pudiéramos jugar con la diversidad. Como en esos juegos infantiles en dónde se hacen largas listas: «Yo tengo un baúl cargado de…», poder aceptar en la convivencia, la disparidad de recursos y expectativas. Es interesante pensar qué de este ejercicio radica en nuestra comunicación, en los modos de sincerarnos ante nosotros mismos y los demás y hasta qué punto los atajos emocionales han tomado control de nuestro cuerpo. Anteponer una voluntad lúdica y recrear un mapa tentativo, que dé prioridad a lo colectivo.
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