
Pasan los días y la luz cambia. Como uno está más quieto o se pone más observador, resulta muy claro el paso del tiempo. Se nota en lo que queda iluminado, se nota en las sombras. Como un gran reloj de arena, el cuerpo acompaña ese movimiento estacional y siente, también, el cambio en la temperatura.
Hay una cantidad de cosas pasando en estos días de coronavirus global, en cada país, en cada ciudad, en cada comunidad y cada familia y en cada cuerpo. Hay un cierto efecto de día de la marmota, en que los días resultan ser parecidos entre sí.
Y sin embargo, se impone una cierta alteración en la velocidad de los intercambios y las noticias. Detecto en mi cuerpo y mis emociones un universo de observación nuevo. Como si las luces y las sombras estuvieran rotando. Todos los días no son iguales. Hay días luminosos y otros fríos, tardes oscuras, momentos en que el cuerpo se tensa, instantes en que el miedo avanza, y otros en que el cuerpo baila y se expande.
Me pregunto si esta nueva rutina de hábitos y temas de conversación no estará sencillamente reemplazando a otra que parece más novedosa y radiante, pero es también un modo de repetición automática.
En el mejor de los casos, como pasa cuando llega el otoño y el sol entra en otro ángulo y la luna llega más temprano, podremos ser capaces de darnos cuenta de lo que está pasando y seremos capaces de aprender algo nuevo y acomodarnos de alguna manera, hasta que llegue la siguiente temporada.
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