
Por alguna fuerza extraña del ser humano, su historia o su cultura, hemos creado un ámbito en el que, al parecer, gozamos al toparnos con el no.
No les pasa a veces que sienten durante el día uno, dos, mil muros elevándose ante ustedes sin saber porqué? Ocurre algunos días que parecen buenos, apacibles, y en los que de pronto surgen obstáculos que uno mira con extrañeza…onda: “de dónde salió este problema?”
No es que el problema o el conflicto en si este mal. Es bueno decir que no cuando es no. Está claro, que demarca límites y posibilita realidades. Pero estoy hablando de otra cosa: estoy hablando del no infundado, de marcar el territorio sin necesidad, de complicar el escenario por el apego mental a una idea, por desorden emocional, por abuso de poder…quien sabe cuantas causas hay. Tengo la sensación de que las personas disfrutamos al enfrentarnos a otro para decirle: NO
_ Puedo ocupar este lugar?
_NO. Está mi cartera.
¿¿Quée???
Sí. Creo que hemos desarrollado un bendito apego al no, que de alguna manera nos protege o mejor dicho nos blinda.
Quizás la raíz esté en la falta de confianza o de autoestima en la que se funda nuestro mundo. En un sistema en el que la cooperación se consigue si se paga, el poder se entiende como supremo, el tiempo es dinero y la acumulación ilimitada es la meta, es poco probable que podamos aprender a lanzar una flecha en otra dirección.
Me pregunto qué parte de este ejercicio radica en nuestra comunicación, en los modos de sincerarnos ante nosotros mismos y los demás y hasta qué punto los atajos emocionales han tomado control de nuestro cuerpo.
Qué pasaría si confiaramos en el otre?
Y si contáramos con su palabra?
Y confiáramos en la nuestra?
Qué pasaría si dejáramos pasar lo inesperado?
Oí por ahí, seguramente en una de esas comedias que tanto veo probablemente, que solo hacen falta 20 segundos de valentía descontrolada.
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